Bichos gigantes africanos, mas­co­tas exóti­cas (I)
Por Javier Yanes 19 de sep­tiem­bre de 2015



Aunque no seamos ple­na­mente con­scientes de ello, la pos­esión de ani­males de com­pañía es un signo de país rico. Aque­l­los a quienes les ha tocado en la rifa nacer en una nación pobre o en con­flicto (y de paso, pense­mos un poco en cómo los nacional­is­mos, enten­di­dos en sus diver­sos mod­e­los y moti­va­ciones, ali­men­tan la cru­el­dad de este juego de azar) ya tienen sufi­ciente con ase­gu­rar la super­viven­cia y manu­ten­ción de ellos mis­mos y de los suyos, por lo que un ani­mal de com­pañía suele ser un lujo impens­able.

Donde no se tienen ani­males, no se aban­do­nan ani­males. Los refu­gios, incluso las per­reras donde se sac­ri­fica a algunos de sus hués­pedes, son tam­bién un signo de país rico. En esas naciones pobres o en con­flicto, los pocos ani­males aban­don­a­dos o naci­dos en la calle sobre­viven entre el caos hus­me­ando en la basura.

En una ocasión des­cubrí una jau­ría de per­ros cimar­rones en el Par­que Nacional de Hell’s Gate, en Kenya. Además de que la ima­gen de aque­l­los ani­males faméli­cos y mal encar­a­dos era tan des­o­ladora como escalofri­ante (sobre todo si coin­cide con el momento en que uno se queda atas­cado en un banco de arena), es de suponer que no lle­garían a vivir mucho más; me arries­garía a afir­mar que morirían a tiros, sac­ri­fi­ca­dos por los rangers del par­que al rep­re­sen­tar una ame­naza para la fauna sal­vaje. Cualquier otro des­tino para ellos era muy improb­a­ble en sus desafor­tu­nadas cir­cun­stan­cias.

Lo nor­mal y lo extra­or­di­nario son con­cep­tos difer­entes en países como los suyos y países como el nue­stro. A los keni­anos les resulta insól­ito y hasta cómico que algunos de los ani­males de su fauna sal­vaje, y que en oca­siones para ellos son pla­gas inde­seables, se ven­dan en inter­net como mas­co­tas para los ciu­dadanos de los países desar­rol­la­dos. Traigo aquí a dos de ellos, dos ani­mal­i­tos curiosos que se adop­tan como mas­co­tas por parte de quienes apre­cian más el interés zoológico que la calidez de la com­pañía. Y el interés zoológico, desde luego, lo tienen.


Cara­col gigante africano ‘Achatina fulica’. Ima­gen de Javier Yanes.

El primer ani­mal es el cara­col gigante africano. Aunque exis­ten dis­tin­tas especies en difer­entes lugares del con­ti­nente, el keni­ano responde al nom­bre de Achatina fulica. Los datos pub­li­ca­dos por ahí dicen que mide hasta 20 cen­tímet­ros o más. En la ima­gen puede apre­cia­rse el tamaño de un ejem­plar hal­lado en la costa keni­ana. Su aspecto ya es asom­broso, pero aún más lo son algu­nas de sus cos­tum­bres. Como muchos otros cara­coles, se ali­menta de mate­ria veg­e­tal, pero para man­tener el crec­imiento de su enorme con­cha devora fuentes de cal­cio que pueden incluir hue­sos de cadáveres o incluso hormigón (el cemento es bási­ca­mente cal­cio, alu­minio y sili­cio).

El cara­col gigante africano pre­fiere tem­per­at­uras altas y es de cos­tum­bres noc­tur­nas; durante el día per­manece enter­rado, ya que la exposi­ción al sol puede matarlo. Es nativo de Kenya y Tan­za­nia, pero se ha exten­dido por la cin­tura trop­i­cal y sub­trop­i­cal del plan­eta por obra y gra­cia del ser humano, ya sea de forma invol­un­taria o delib­er­ada. Actual­mente se encuen­tra incluso en las islas del Pací­fico, donde en algunos casos se intro­dujo como ali­mento para los mil­itares esta­dounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. La Unión Inter­na­cional para la Con­ser­vación de la Nat­u­raleza (IUCN) lo incluye en su lista de las 100 peo­res especies inva­so­ras del plan­eta.

Como especie inva­sora, los cara­coles lo tienen fácil, ya que son her­mafrodi­tas. Aunque no sue­len fecun­darse a sí mis­mos, cualquier encuen­tro casual entre dos ejem­plares puede acabar en boda. Y a lo largo de sus cinco años de vida pueden poner hasta 1.000 huevos.

Los prob­le­mas que causa este inocente gigante son numerosos. Debido a su gran tamaño, es un azote para las cose­chas, pero además puede con­ta­giar enfer­medades a las plan­tas, ani­males e incluso al ser humano. Si se topan con él, sepan que es una mala idea tocar los ejem­plares sal­va­jes, ya que pueden trans­mi­tir parási­tos peli­grosos de piel a piel. Entre ellos figura el nematodo Angiostrongy­lus can­to­nen­sis, cono­cido tam­bién por el poco agrad­able nom­bre de gusano de pul­món de rata, por anidar en las arte­rias pul­monares de los roe­dores. En los humanos, hospedadores acci­den­tales, este gusan­ito provoca una seria menin­gi­tis.

En 2010 se detectó en Venezuela que las heces y secre­ciones de estos cara­coles con­tenían huevos de Schis­to­soma man­soni, la mayor plaga par­a­sitaria de la humanidad después de la malaria. La esquis­to­so­mi­a­sis, tam­bién lla­mada bil­harzi­a­sis, afecta a cien­tos de mil­lones de per­sonas en todo el mundo, y es la prin­ci­pal razón por la que se recomienda encar­e­ci­da­mente a los via­jeros en regiones trop­i­cales que no se bañen en aguas dul­ces cuya seguri­dad no haya sido ver­i­fi­cada (y que no pisen barro con los pies desnudos). El esquis­to­soma, un gusano platelminto, vive en diver­sas especies de cara­coles acuáti­cos y ter­restres, y puede infec­tar a los humanos pen­e­trando a través de la piel, cau­sando una dev­as­ta­dora enfer­medad crónica que puede lle­gar a ser mortal.

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