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Jurisdicción virginal

El ámbito de veneración de vírgenes, santos patronos y similares, es más o menos amplio y profundo según sea el milagro atribuido, las políticas específicas promovidas por las iglesias y las prácticas religiosas de los adeptos. Puede suceder que el milagro no sea tan impactante, pero las autoridades eclesiales hacen una promoción tal que la gente acepta, entonces aquella virgen o santo se adhieren en la veneración colectiva. También ocurre que las dirigencias religiosas (obispos, arzobispos, pastores) no simpatizan mucho con una presunta deidad, pero la acción social -la capacidad de agencia- de los subalternos se sobrepone a los altos mandos y una imagen, a contra corriente, gana popularidad.

Esa combinación, magnitud del milagro, promocionales oficiales acción social, son determinantes en la extensión y profundidad de un veneración; quizá algunos usarían el concepto “jurisdicción” o “rating” tratándose de la mayor frecuencia con que se escucha un programa de radio y/o televisión. En la definición del “radio de acción” o zona de influencia de Malverde, Juan Soldado, Santo Niño de Atocha, Niño Doctor, etc. y, por supuesto, las más diversas vírgenes y/o sus advocaciones, es relevante el contexto de un desastre con su consabido: “podría haber sido peor”.

Plasticidad celestial

Desarrollo este choro para mostrar mi escasa familiaridad con santos y vírgenes, y para sostener que estas deidades, como construcciones socio culturales, son extraordinariamente flexibles y su manto amoroso lo mismo cubre a sicarios que a viudas y huérfanos; a bandidos que a asaltados; a obreros y a patrones; al SAT y a los causantes cautivos. Los gerentes y trabajadores profesionales de la fe han tenido el tino de mantener una suerte de provechosa neutralidad y lo mismo captan limosnas que sangran el salario de los pobres que aportaciones dispendiosas de empresarios de las drogas.

Eso sí, antes del final del día doce, las arcas de la Santa Iglesia y las cuentas de los diversos negocios están repletas mientras que la gente, sobre todo de estratos medios y bajos, se “cura la cruda”, peregrina por hospitales que cierran la puerta y busca que “empeñar” o vender ¡lo que sea! para salir el día. Es tal la quiebra económica y moral que el panteón municipal ha cerrado la puerta posterior (Astro o Galeana) porque los robos de crucifijos, floreros y otros accesorios han incrementado.

La gerencia guadalupana en Zamora ha tenido habilidad política para concentrar todos los esfuerzos en esta capital religiosa y, de ese modo, la derrama comercial y las limosnas no se dispersan; los bolsillos de los pobres son succionados y su fe se acrecienta. Ninguna fiesta a la Virgen Morena en los pueblos aledaños a Zamora, votos y ex votos fluyen a La Sultana del Duero.

Milagros de distinto efecto multiplicador

Bien, pero antes que todo, el mito fundante arranca en el presunto milagro del que tomo unos ejemplos: La Virgen del Rosario (Del Rosario, Sinaloa; sí, el pueblo de Lola Beltrán) corresponde a la “auxiliadora de los cristianos” que ayudó a los españoles a vencer a los musulmanes en la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571); la del Rosario de Talpa quien tuvo un relevante papel en los sismos que afectaron la región en los años veinte cuando SEDENA no implementaba –porque no existía- los planes DN-III-E; María de Huajicori (Nuestra Señora de la Purificación), antes de que existieran los servicios de protección civil, auxiliaba en casos de inundaciones del río Acaponeta; María Santísima de la Esperanza Macarena Coronada (la Macarena) cumple importante función para que el torero salga vivo de su encuentro con el astado; La Purísima y el cólera en Zamora, 1850; y, la Virgen de los sicarios, de Colombia.

Esta creación de hadas protectoras es explicada por Tapia Santamaría a propósito de la intervención divina que en Zamora, en ausencia de un estado promotor de la higiene y la salud, la Purísima Concepción frenó el cólera, enfermedad que entre enero y marzo de 1850 había cobrado 1,108 defunciones (Colmich, Relaciones 37).

Con estos ejemplos, no es difícil notar, sin poder medir, el ámbito de veneración de las vírgenes y los santos. La de Talpa, por ejemplo, es reconocida en el sur de Nayarit y su expandida zona limítrofe de Mascota; la de Huajicori tiene adeptos en el sur de Sinaloa y norte de Nayarit. En cambio, la de San Juan de los Lagos, abarca el occidente y una buena parte del norte del país, mientras que la Guadalupana posee un rating nacional.

También los canta-autores de boleros, el medio lacrimógeno por excelencia de la poesía hecha canción tienen sus vírgenes: Si me quieres matar con tu olvido, lo vas a lograr / Yo te miro entre rosas y lirios al pie de un altar / Si tu nombre es mi fé y mi martirio, con loca ansiedad / ¡yo te sigo llamando la virgen de mi soledad! (Exiquio Beleche Becerra, “a” Jorge Valente).

Virgen de los Sicarios

Retomo algunos párrafos de Fernando Vallejo que en La Virgen de los Sicarios, (1994) dibuja una Colombia violenta donde los sicarios son tan jóvenes como el adolescente que disparó la tarde del día 12 en contra de Pancho “El Manco” allá por la Rinconada 8 del Infonavit Progreso Nacional en esta guadalupana ciudad. Pancho, en la prensa zamorana es Francisco R.M., “El Renco”, jardinero, aunque sus vecinos lo identifican como “El Manco” y es un hombre libre, sin ningún oficio o profesión. Nada.

Los sicarios, escribía Vallejo son niños o muchachitos, de doce, quince, diecisiete años que matan por encargo, como el jovencito que vacío la pistola sobre Pancho, pero no acertó o lo hizo como una advertencia.

Vallejo reflexiona a través del narrador que en su novela es amante del niño-sicario: “¿Qué le pediría Alexis a la Virgen? Dicen los sociólogos que los sicarios piden a María Auxiliadora que no les vaya a fallar, que les afine la puntería cuando disparen y que les salga bien el negocio” (Vallejo, 2019: 18).

A la pregunta: ¿en qué o en quién creen asesinos y víctimas de Zamora y Jacona? Nuestro supuesto (algo así como una hipotésis) es que todos son (somos) guadalupanos: unos y otros, danzando o nomás mirando y aplaudiendo, después de tomar cerveza y/o Tonayan, luego de bailar y orinar, reñir en la calle o asaltar a un prójimo; en suma, una vez saturados de pecado, unos y otros estuvieron de hinojos en el Santuario Guadalupano la noche del 11 para amanecer el 12.

Es frecuente que jóvenes y adolescentes consumidores de mariguana, inhaladores de cemento (pocos) y de “cristal” (en incontenible expansión) se hagan tatuar imágenes de la Guadalupana y en innumerables muros de ciudad estampan murales (grafitis) de la Virgen Morena. Habrá que reconocer una función valiosa de los tatuajes: a falta de documentos de identificación (INE, pasaporte, cédula profesional), esos trazos en la piel han servido para que las personas identifiquen a sus hijos, a sus familiares.

Lo guadalupano no aminora la violencia

A punto de cerrar esta primera quincena decembrina y pese a los sermones en el Santuario, a los “golpes de pecho”, a las danzas y altares que bloquean la circulación vehicular y estimulan la segregación biliar, los homicidios no cesan: 15 crímenes y 14 heridos en Zamora-Jacona al cierre de las 00:10 horas del día 15 de diciembre.

La distribución de las 29 víctimas deja a Jacona un tercio y dos a Zamora; son 12 homicidios en Zamora y 3 en Jacona más 8 y 6 heridos en cada municipalidad. No obstante, habrá que reconocer la tendencia a la baja: en noviembre se contabilizaron tres víctimas por día y ahora escasamente dos

El 12, fecha plena de religiosidad tuvo el más alto registro del mes: 4 homicidios y 4 heridos. La muerte de la madre y dos hijos más el padre e hija heridos en la Netzahualcoyotl, ¡Tres homicidios y dos heridos en una sola familia en la Netza! nos recuerdan que poco o nada ha servido ser tan guadalupanos en cuanto al respeto a la vida de nuestros semejantes o ¡capaz que sí! porque también los sicarios rezan a la virgen Auxiliadora para que no les falle la puntería y para que llegado el momento, porque tiene que llegar, sufrir menos en la fugacidad de la muerte…

jlseefoo@hotmail.com

 

 

 

 

Edición: Leticia E. Becerra Valdez

 

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